Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

EL MAESTRO RAFAEL ESCALONA PROLOGA “LÍRICA VALLENATA” DE HERNÁN URBINA JOIRO

 

Maestro Rafael Escalona

Vengo de regreso por el camino ineludible de los almanaques que nos pasean por los días, los meses, los años y hasta por los siglos. Si fui bueno, fui bueno. Si fui malo, fui malo. Ustedes y la historia lo dirán. Pero el haber ido y regresado me dio algo que no me genera duda: he visto. Mejor aún, he oído, y más allá de si fui o no fui, puedo hablar de lo que me dejaron bien o mal oír, que para mí, por tratarse de vallenato, es igual a vivir o mal vivir.

Siempre me preocupé por quiénes recogerían las banderas del vallenato cuando ya no existieran Chico Bolaño, Juan Muñoz, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Leandro Díaz y tantos grandes y también, ya se me estaba olvidando…, un tal Escalona.

Después de que el trompo está hecho, cualquiera lo baila y para eso sí que sobra gente; lo difícil es hacer el trompo. Varios de mis temores se cumplieron; ahora vemos bailar y cantar en cualquier esquina de Valledupar, en cualquier pueblo, bajo cualquier palo de mango, locuras de cantos que no tienen nada que ver con nuestra música. Es un lloriqueo arrancherado, que dice de todo menos de vallenato. Lo único que les falta decir, en vez del ¡Ay, hombe¡ a lo vallenato, es: ¡Ay Jalisco, no te rajes! He sido sensible y, si se quiere decir también, muy sentimental con todo esto; mucho de lo que ha pasado con nuestro folclor me duele y ha exprimido mis sentimientos, lo mismo que a la «Cacica» y a muchos, pero a muchos vallenatos. Esto lo comentábamos con ella antes de su dolorosa muerte.

Un estudioso como el doctor Hernán Urbina Joiro ha denominado fusiones a esos mamarrachos llorones que otros cantan y no dudo un segundo los fundamentos de su concepto. Paradójicamente, esas fusiones nos separan notablemente, nos distancian, folclórica y culturalmente, de lo que se reconoce aquí, en toda Colombia y en Carfarnaúm, como vallenato.

Allá por el año mil novecientos sesenta y tantos, un ilustre patriarca de Valledupar, don Evaristo Gutiérrez, me pidió que evaluara la primera canción que había hecho su hijo Gustavo Gutiérrez. Él, Gustavo, me la cantó y yo la oí. Después de oírla, le dije: «No tengo nada que corregirte. Con el tiempo, tú mismo te corregirás, aunque lo dudo, porque lo que haces lo haces muy bien». Esa canción se llama «La espina». Es como Gustavo: dulce, llena de sentimientos tiernos y bellos. Marca un estilo diferente al mío y a los vallenatos de ese entonces, y aun a los actuales. Y miren por qué se los digo: Yo para enamorar a una muchacha, para decirle que tiene los ojos bonitos, le digo: «Tienes los ojos fregadores». En cambio, el «Gustaveta» –como lo bautizó Jaime Molina– suelta unos versos largos que hacen sangrar las espinas del camino y luego las acaricia para volver a sangrar. A mí me fue bien con mi estilo; estoy seguro de que a «Tavo» también con el suyo; aunque lo domine la tristeza. Después de verte y oírte por más de 40 años, ya sé que es imposible corregirte. ¡Flaco de Oro! Que sigas cantando tan hondo, tan bello, tan triste, y tan vallenato como pocos pueden hacerlo.

Hay lágrimas que tallan como las que lloran las espermas y al rendir este homenaje a Gustavo Gutiérrez, es el momento para referirme al doctor Hernán Urbina Joiro, a quien muchos amigos y a mí nos gusta cariñosamente llamar «Nacho» Urbina, médico eminente, uno de nuestros más altos bardos vallenatos y que mucho tiene que ver y decir sobre Gustavo Gutiérrez en su lírica escuela. Lo considero como uno de los más autorizados críticos y comentaristas del vallenato actual. Él es de los que dicen que mi estilo es narrativo, crítico, y lleno de picardía, aunque a veces también me ha visto triste, quizá no advierte, como muchos, mis lágrimas secretas por tantas cosas del mundo, que me impulsaron a hacer otras cosas que después a los demás les han parecido bellas. ¡Lo que pasa es que a veces no me dio o no me da la gana de llorar cantando! con excepciones, como en el canto a Jaime Molina, con mi «Arco iris», al que Jaime le pintó en el fondo una cruz, o en «La golondrina», con la que vagué cantando desterrado por amor en La Guajira.

No me sorprendió la altísima calidad de este ensayo, Lírica Vallenata, porque sabía de quién provenía. En mi concepto, es de lo mejor que he leído sobre vallenato, tal vez al lado de la obra de Tomás Darío Gutiérrez, eminente y gran investigador vallenatólogo. Elogio la profundidad, claridad y grandeza con que el doctor «Nacho» analiza los fenómenos del vallenato de estos últimos cuarenta años; él deja muy en claro que «una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa» como dice el doctor López; por eso hay que hacer justicia histórica y folclórica a la obra de «Tavo» Gutiérrez, de Fredy Molina, «El Pibe» Durán, Octavio Daza, Rita Fernández, los Hermanos Calderón, Fernando Dangond y tantos otros grandes autores que se me pueden escapar.

Apoyo la propuesta para que se reconozca este estilo romántico como un género aparte en los concursos de las canciones inéditas. Exaltemos a ese paseo lírico como lo llama «Nacho», el de Gustavo y sus alumnos, pero no a esas fusiones que nos separan del vallenato verdadero. ¡Me parece bien lo de un quinto ritmo en las canciones inéditas! En las competencias de acordeoneros durante el Festival Vallenato, lo que se mide es la ejecución y los géneros musicales románticos no se prestan bien para eso.

Exaltemos en el concurso de compositores esas lágrimas que crean como las espermas luego de iluminar. Las otras lágrimas que se vayan al río Guatapurí y al Cesar, y de allí al mar a oxidar los barcos de otros mundos porque ya mucho han corroído el folclor vallenato. Sostengo lo que dije en el Teatro Colón en el año 1992: Las banderas del vallenato están seguras en las manos de Gustavo Gutiérrez y su buena escuela. En otras distintas: no lo sé.

Dios bendiga a «Tavo», nuestro «Flaco de Oro», a su obra y a los que lo siguen con buen corazón vallenato y Dios bendiga a la «Cacica» Consuelo, que desde el Cielo nos está mirando y los está aplaudiendo.
Bogotá, 3 de agosto de 2003.

 

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Hérnan Urbina Joiro

Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.